Las Cuevas de Bellamar

Don Ramón Pargas compró una pequeña finca cerca de Matanzas y se dedicó con preferencia a explotar una cantera con el objeto de hacer cal. Estando uno de sus esclavos introduciendo una barreta para sacar un canto, se escapó esta de sus manos y desapareció.

Advertido el dueño, dio orden a su mayoral que hiciese cavar en aquel punto y sacar la barreta, pero el mayoral se desentendió de la prevención por no se que temor supersticioso, y el dueño que había estado algún tiempo empleado en la explotación de minas de cobre cerca de Matanzas se le ocurrió la idea que hubiese por allí alguna, y no se engañó por cierto, que una y muy rica, y de facilísima explotación fue la que halló. Gracias a su constancia, que extraordinaria ha sido, la que ha desplegado para llegar a ser poseedor de lo que puede llamarse la Novena Maravilla del Mundo.

Es el caso que como Parga viese que el mayoral no obedecía a sus órdenes ya corrido dos meses, un día se fue con gente al punto en que había desaparecido la barreta, ordenando se trabajase ahí, y apenas se había abierto un espacio de poco mas de una vara salió por el agujero practicado una corriente de aire de repugnante olor, caliente y como humoso; no retrajo a Parga eso, si, antes por el contrario, continuando el trabajo pudo convencerse de que aquello era la entrada de una cueva y con un arrojo que rayaba en temeridad siguió ensanchando la abertura, después aventuró un descenso empleando una escala que fue preciso alargar y llegando a lo que le pareció el suelo se encontró envuelto en tinieblas. Más como el fuese gran práctico en punto a minas no se arredró, y se propuso explorar la caverna, dominado sin embargo por la idea de que allí había algo: era Colón entreviendo el Nuevo Mundo.

Subió determinado a una nueva exploración y su sorpresa, así como su júbilo no tuvieron medida cuando volviendo ya apercibido de todos los medios de exploración se encontró con una bóveda cuajada de magníficas cristalizaciones. Pero no está el mérito de este descubridor feliz solo en haber penetrado audaz en esta espelunca, sino en haber concebido la idea de que el descubrimiento primero merecía la pena de seguir explorando aquella región tenebrosa, de que el público llegaría a apreciar el descubrimiento y de que sus exploraciones y grandes gastos serían remunerados.


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El señor Parga luego que concluyó sus trabajos hizo una casa sobre la entrada de la cueva y para bajar a ella una escalera de madera bastante cómoda, un puente para pasar al través de una hendidura, huella de algún terremoto que hubo en esa localidad, y practicó por último a pico en la roca varias escaleras invitando luego al público a visitar su maravillosa cueva.

Hallábase esta sobre un terreno cálido madrepórico que está 460 pies sobre el nivel del mar, en el punto mas alto de una cordillera que viene de Canímar y va descendiendo a 300 varas de la cueva hacia el Sudoeste, donde la limita “Playa de judíos, la Jaiba al sur y San Juan de Pueblo Nuevo al Oeste”.

La cueva está a dos kilómetros de Matanzas y es necesario subir una cueva bastante áspera y fangosa.  

La entrada es por una escalera de madera de 23 escalones, que termina en una plataforma, parte formada por el macizo dela cueva y parte formada de mampostería; allí hay un barandage de y un piso de madra de figura semicircular y que es preciso detenerse un momento, no solo para respirar, sino para comtemplar el grandioso espectáculo que cautiva los ojos y embarga el espíritu.

Hacia la izquierda se ve una gran extensión algo oscura, la bóveda aquí tiene treinta varas de ancho, el espacio que separa la pared de la plataforma es de ocho vars y la profundidad es próximamente de diez.

Hacia el frente se extiende un salón como de treinta varas, doce varas a la pared derecha y diez a la izquierda, y aparece gran parte de la cueva iluminada por veinte faroles y lámparas, ofreciendo la vista mas bella y fantástica que pueda imaginarse; a la derecha se descuelgan algunas estalactitas y se levantan estalagmitas de color sucio y hay una gran columna de la misma materia y color. Este salón es el mayor de toda la cueva. La plataforma describe una cueva hacia el Este, de manera que es necesario dejar la escalera a la derecha, y continuar hacia el rumbo NNO algunas varas, donde hay una bajada con 13 escalones; después sigue un plano inclinado en zigzag, y se llega al puente echado sobre una hendidura horizontal de dos varas de ancho, profundísima, y que sigue una línea oblicua al oeste: pasado el puente continúa el declive de trecho en trecho, y entonces aparece una gran eslalagmita que representa una matrona de nariz chata de faz aplastada y bondadosa sonrisa, que está como envuelta en una manta con las manos sobre el pecho, en ademán de recibir con agrado los visitadores de aquella fantástica mansión. Figuraba a Doña Mamerta aquel mogote.

Se continúa la ruta por un pavimento en parte estalagmítico, bajando nueve escalones de piedra, y se descubre detrás del macizo, donde está la plataforma ya mencionada, una entrada y un gran número de columnas bastante altas, chorros como de cristal blanco cuajado y estalactitas colgantes. Examinada esta parte de la cueva y a distancia de seis varas de la pared derecha, se ve un espléndido cortinage que parace de nieve, ancho de seis varas del puente en que pendía la bóveda y que iba disminuyendo de anchura hasta tener media vara. Su longitud es de media vara, se llama el velo del santo Sanctorum, porque ¿Dónde un velo tan rico, primoroso y bella pudiera encontrarse para ocultar la magestad del santo de los santos a los ojos profanos, que ese, formado por Dios mismo?


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Las Cuevas de Bellamar


Sigue un rápido descenso en vuelta hacia el SE; una estalagmita de dos varas de altura que semeja un pelícano, el techo de la cueva es calizo y en este punto se ensancha el salón y principian dos galerías, una a la derecha y otra a la izquierda, apenas se llega al punto de la bifurcación la impresión que se recibe es tan poderosa que todos exclamans: ¡Prodigio de belleza! De allí principia la cristalización de forma coraloidea, tan abundante como portentosa, pues llena casi todo el ámbito del fondo del salón y reviste la bóveda y paredes de la galería a la izquierda. Esa cristalización, por una ilusión óptica, está envuelta en una neblina cándida y transparente como el alcanfor. A través de esa gasa de cristal se ve en todas direcciones tubos de todos gruesos, ya rectos, ya encorvados, que se retuercen, se confunden, se ramifican, se rizan, como una sutilísima escarola, se entretejen como una randa y se cubren de agujas horizontales y oblicuas se afiligranan, en fin, de tan pasmosamente que la vista se fatiga ante aquel poliedro espléndido que tiene la transparencia y blancura del más exquisito alabastro, que centellea a trechos como el diamante, descomponiendo la luz en mil y mil iris y que tomando el rumbo del este forma el segundo salón de 30 varas de largo, 3 de ancho y dos de altura. El pavimento es estalagmítico y desigual, inclinado y en figura de camellón.

En algunos puntos de esta galería hay tres trozos de pared y de techo desnudos de cristalización, y solo a trechos estalactitas y estalagmitas de color blanco porcelana, que salen de la formación coraloidea; hacia la izquierda se ve una especie de recodo, una multitud de estalagmitas amarillentas de una vara de alto, y a distancia, con la proyección de la rojiza luz de los hachones. Es verdaderamente un grupo de siboneyes, que salían vestidos como Adán a recibirnos.

Termina este salón, y se continúa la galería hacia sin presentar en su bóveda y paredes mas que una superficie de cocó y un suelo estalagmítico, producto no de filtraciones, sino de corrientes de agua. A trechos salen del medio de la pared izquierda unas como hojas de henequén muy anchas y largas, algo encorvadas de color blanco. Porcelanas y columnas transparentes como alcanfor: a la derecha hay un montículo de cocó y arcilla plásticas en los respaldos de la pared. Las gotas de agua que caen sobre esa arcilla originan una cristalización grosera pues es una costra amarillenta en su superficie y cristalina y opaca en la cara inferior. Como la arcilla se ha resquebrajado en cuadros irregulares la costra presenta esos mismos cuadros, siendo a veces la línea de separación hasta de una pulgada de profundidad.

A la izquierda hay una gran cortina transparente, con magníficos pliegues de color blanco porcelana: aquí bajo el terreno se encuentra a la derecha toda la parte inferior de la pared, un espacio de tres varas de largo cristalizado y blanquísimo, y al pie una fuente de agua mansa, fresca, cristalina, y de un sabor delicioso. En el centro de la bóveda terrosa hay una manga de cristalización coraloidea, al herirla la luz aparece como encendida, se llama “La Zarza Ardiente del Oreb”: en este lugar el descenso es muy rápido. Abundan montones de tierra de jaboncillo; la senda algo interrumpida por grandes rocas calizas despedazadas. Una de ellas tiene ocho varas de largo, cuatro de ancho y tres de alto; la vista se detiene asombrada ante el bloque madrepórico. El techo de esta bóveda es de caliza grosera, no hay indicios de semejante desprendimiento y se sosiega el ánimo y el corazón, presta nuevo aliento para continuar su exploración. A pocos pasos de este titánico destrozo principia una nueva formación coraloidea más bella que la primera, porque hay grandes estalagmitas blanco de nieve y empieza a subir el terreno sobre seis varas, hasta llegar a donde se halla la salida de la galería NNO. El techo bajo y terroso, con grandes espacios de cristalización coraloidea, a la derecha grandes copos bellísimos que parecen de porcelana. Agrupamiento gracioso de columnitas y cascaditas níveas, en el pavimento una gran meseta de cristal macizo presentando en su superficie algo convexa líneas ondulosas en relieve a manera de greca, que releva no ser esa cristalización producida por gotas de agua, sino por la acción de una gran corriente, se clasifica de un pisolito.

Llámase así la entrada al Salón de las Maravillas o del Baño. Al terminar la galería ancha y alta que veníamos describiendo, se estrecha un poco a la derecha, y aquí se encuentra un pasillo abovedado que principia dentro de dicha galería de dos varas de largo, siete y media de altura y lo mismo de ancho, cristalizado solo en su lado derecho hasta la mitad de su longitud en que ya continua la cristalización coraloidea y por debajo de esa bóveda casi encorvado, se pasa al Salón de las Maravillas por tres escalones abiertos en la roca.

Allí bajan los ojos deslumbrados por tanta luz y la imaginación se eclipsa agobiada por tantos portentos. Allí se recoge el espíritu, el labio enmudece y se cree uno en la presencia del creador, allí fue donde cayeron de hinojos un joven y una señorita extranjeros y oraron bastante tiempo y quien no ha de orar allí, quien no se siente en aquel mundo de maravillas anonadado ante la majestad y poder con que allí se revela el hacedor supremo. Allí fue donde nuestro digno pastor con ferviente y religioso asombro levantó su diestra y bendijo aquel templo lleno del espíritu de Dios, y sin embargo a ese santuario le llaman El Salón del Baile.

La bóveda del santuario desde la entrada ríquisimamente adornada de esa cristalización de coral blanco porcelana, que forma el arco de la entrada, y a media vara de esta desciende vertical la hoja de una espada de media vara de ancho en su base y vara y media de largo, despuntada. Se Espada de Damocles: a la izquierda pende del techo una columna de una vara de largo y dos de circunferencia. Lo mas peregrino y primoroso que pueda imaginarse, toda revestida de una riquísima labor afiligranada, y con la transparencia del alcanfor. Nada hay comparable a ese enrizado de piedra, a esa línea de espirales que acá y acullá se entrelazan a graciosas y simétricamente de esas graciosas hojuelas replicadas.

Dos mil pesos le ofreció un caballero americano al señor Parga por ellas, y el señor Parga desechó la oferta, lo cual habla mucho en favor de su buen gusto y desprendimiento.

La pared de la izquierda es un laberinto de festones, columnas, arcadas en cuyo fondo se ven columnitas y otros adornos: ese hueco es un nicho de tan raro mérito que pudiera servir de reservatorio en la espléndida Capilla Sixtina.

Aquí el suelo es ya estalagmítico, o al menos está la cristalización al descubierto y cautiva la atención ver sobre una amarillenta superficie montoncitos de cristalización cristaloidea a manera de culebritas entrelazadas, indicando así que han caído allí por un poco tiempo gotas de agua y que la filtración se ha interrumpido, y que aquella cristalización es de fecha muy reciente. La galería en este punto desechándose, se camina con dificultad por un pavimento de piedra caliza, áspero en demasía, con levantamientos y depresiones muy sensibles. La bóveda es de cocó muy cavernoso en superficie, y la pared derecha con muchas anfractuosidades en admirable con la pared izquierda, una infinita variedad de cristalizaciones revela la virtud proteica del carbonato calizo, pues ahí se hallan las estalactitas y estalagmitas de forma coraloidea, los pisolitos y la prodigiosa cascada que forma la primera entrada al Lago de las Dalias pues cuando se llega ahí uno cree estar a la orilla de un océano, que embravecido lanzó poderoso una gigantesca oleada, la cual al estrellarse contra la roca en espumosa cristalización, blanca como la cera y transparente como el alabastro se penetra en ese lago mas portentoso que la Gruta Azul. Hay dos entradas, la una se halla entre el magnífico grupo coraloideo que tiene tres varas de largo y cuatro de altura, y se abre en el centro para formar un angosto y oscuro túnel que sale al lago. El piso de este túnel se eleva tres varas sobre el de la galería; la subida es muy fatigosa, se llega a él por una entrada de una media vara de alto y dos de longitud. Tanto el pavimento como las paredes y bóvedas son de flores de diáfano y luciente cristal a manera de dalias y de sólidos pequeños prismáticos como almendras de cristal.

La otra entrada se halla a tres varas de distancia, interrúmpe allí la formación coraloidea por media naranja de cristal transparente, que tiene 6 varas de alto por 4 de ancho y termina en una abertura semicircular de una vara de longitud y latitud. Hay para penetrar por allí al lago una escalera de mano de 9 escalones, la cual no llega a la abertura, de manera que era necesario alcanzar esa entrada, que dista una vara del último escalón. Allí está la fantástica figura que representa una joven inclinada en ademán de llorar y con la cabeza casi oculta en un follaje de cristalización coraloidea.

A la derecha hay una magnífica cascada de seis varas de alto y seis de largo, de color blanco porcelana, con reflejos vivísimos. Llámase “El manto de la Virgen”, no llega al pavimento de cual dista una media vara, escasa, terminando en puntas como flecos.

Introducido un hachón en el espacio vacío se transparenta, inclinándose uno para ver lo que hay detrás, descubre una extensión de ocho varas o mas a lo largo y todo ese espacio es una formación maciza de esa cristalización. El suelo está todo inundado de agua. Mas adelante del manto de la virgen continua la misma formación, y allí se halla el “Baño de la Inglesa”, dos varas hacia adentro. Es necesario para llegar allí arrastrarse como un lagarto por un pavimento manando el agua. Encuéntrase primero una fuente de dos pies de hondo, llena de cristalizaciones diáfanas, y en el medio una gran dalia de dos pies de diámetro que parece un porrón y se llama “La Fuente de Nelumbio”. Algo mas adelante está el baño donde se sumergió una señora inglesa o americana, que estando enferma salió curada. También hacia ese lado, pende de la bóveda una cristalización semejante a un gran pulpo.

Ese salón tiene 22 varas de largo, con diez de ancho y sobre seis y media de alto. Está a ochocientas varas de la entrada de la cueva, rumbo al este, se llama de Hércules. Aquí se pasa a otra galería algo estrecha, cuya bóveda y paredes son de roca calcárea, el pavimento levantado del centro y con declive a los lados, cerilloso rojizo, algo lodoso; a las diez o doce varas, hacia la pared izquierda hay una cristalización de tres varas de ancho y seis de largo, que tal parece una cascada blanca de alabastro que se precipita en olas encrespadas. Luego dos grandes orejas de elefante al lado, y sigue una entrada estrecha formando parte de ella una gran barba de cristal macizo de tres varas de largo, y cuya superficie revela en las líneas de relieve ondulosas que es la misma especie.

A la izquierda hay una gran estalagmita monticulosa y después en la bóveda un espacio de tres varas en el que aparece la roca de un bello color amarillo y bañada de una cristalización granulenta y brillante, imitando el cristal de roca. Aquí el pavimento es sucio y fangoso, muy desigual, a la izquierda comienza desde la tercera parte de la bóveda, avistando toda la pared un follaje de color blanco porcelana y hacia el medio de aquella, entre festones preciosos se abre una cavidad de dos varas de largo. Tiene ese lago 60 varas de longitud, 32 de anchura y hasta 15 varas de profundidad por algunas partes. Parece que en un tiempo fue un depósito de agua como lo prueban ser todas las paredes y bóvedas a semejanza de cristal de roca. Se crían bellísimas dalias cuya diafanidad tanto admira y hechiza, que después se abrió paso por las dos entradas y que parecen a la vista como que al caer la masa de agua se congeló de repente, en especial la que tiene figura de media naranja y que se asemeja a la nieve teñida de suavísimo azul. El fondo esta también lleno de esas dalias tan diáfanas y bellas que antes he hablado, de unos como pernos cuyo tamaño varía de unas 6 pulgadas de largo y una o dos de circunferencia, de grupos de hojas semejantes a coronas de laurel siendo el color de esas variedades como alcanfor.

Del techo de la bóveda penden unos como gigantescos tulipanes que tienen la corona vuelta hacia adentro de una vara de largo, media de diámetro en la corola en disminución hacia el punto donde penden cuyo grueso es de una pulgada.

La galería de la izquierda (que dejamos a la derecha entrando) y que comienza sin ofrecer pasto a la curiosidad, porque todo es calizo calcáreo, pavimento paredes y bóvedas, hay bastante oscuridad. A trechos se ven manchas de cristalización de coral, pero como amitad del camino se halla en la pared izquierda una cascada de siete varas de longitud y cinco de latitud, color blanco porcelana, aunque llena de facetas que reflejan la luz de una manera estupenda.

Se llega al punto en que la galería sale al primer salón. Aparece este tan pintoresco, que se hace un alto para saborear tan bellísima perspectiva. La luz allí de faroles y la de nuestros hachones no son bastantes para dar gran claridad, pero sí la suficiente para el juego de luces y sombra; vemos la senda que de la plataforma baja hasta la primera bóveda coraloidea como una huella luminosa en zig zag, a la derecha el centro oscuro, dibujándose en él débilmente las grandes columnas y estalactitas colgantes en forma de copos, que ocupan todo el lienzo entre las entradas de las galerías del Oeste. Se distingue al frente el inmenso malacoff de Doña Mamerta, el chispeante velo del Sancta Sanctorum. El torrente de luz solar que entraba por la boca de la caverna y se derramaba en la pared del suroeste tan juguetona que las sombras huían a ampararse en los repliegues de las estalactitas de la pared del oeste y del abismo que constituye ahí la profundidad de la espelunca. El efecto de esa vívida lumbre que se lanzaba oblicua por la escalera para esparcirse tan coquetonamente es de todo punto indescriptible.

Esta descripción maravillosa de las Cuevas de Bellamar del señor D. Ramón Pargas son espléndidos iris de la imaginación mas poderosa y creadora no son bastantes a dar una idea de aquella inmensa copia de portentosas cristalizaciones. Y si he tenido que escribir sobre ello, sálvame con mis lectores la buena intención que he llevado de despertar su curiosidad para que se dispongan a gozar de las sublimes impresiones que serán el espíritu al contemplar ese pasmo de Bellamar.

Para el viajero algo instruido en ciencias naturales, la cueva es un gran libro de estudio lleno de problemas que despiertan un enérgico deseo de investigación, porque todo allí es asunto de profundo examen.  

En la década de 1860, un viajero, el norteamericano Samuel Hazard, declara sentenciosamente: “Quien no ha visto Las Cuevas de Bellamar no ha visto Cuba” Las Cuevas de Bellamar, el centro turístico en activo más antiguo de Cuba, es una de las más hermosas de cuantas existen en la Isla, no en vano se convirtió en una fuerte atracción para turistas apenas un tiempo después de haber sido descubierta.


bellamar18Visitante en las cuevas

 

Este lugar aporta dos primicias más a la historia de la zona, pues fue en La Cueva de Bellamar donde se encendió la luz eléctrica por primera vez en Matanzas, lo que ocurrió en 1864, y es este sistema cavernario el mayor contribuyente de las más de 90 espeluncas que rodean a la ciudad, número que supera a las de cualquier otro lugar de Cuba.